¡Venid, cantemos con júbilo a Jehová!

Escrito el 03/05/2019
Iglesia Rey de Gloria


Lección 8

Los libros poéticos


 

Acercamiento al tema:

Desde sus primeros años de vida, la Iglesia ha usado este salmo como un llamamiento y como una guía a la adoración. Con el tiempo, nuestro salmo llegó a ser conocido en el mundo cristiano como el Veinte (del latín para Oh Venid); lo cual indica lo conocido, usado, y amado que este poema ha llegado a ser en el corazón de la iglesia cristiana.

La mayoría de los estudiosos del Salterio están de acuerdo en que el Salmo 95 fue escrito por David, y que fue compuesto por el dulce cantor de Israel para ser cantado en la celebración de la Fiesta de los Tabernáculos. En esta fiesta Israel celebraba la provisión bondadosa y sobrenatural de Dios durante los cuarenta años de peregrinación en el desierto. Años en los que el pueblo habitó en tiendas y en campamento, pero siempre bajo el cuidado y pastoreo de Dios.

El Salmo 95 es un ferviente canto de alabanza de la gloria de la gracia de Dios, pero al mismo tiempo es una profunda exposición doctrinal y teológica del contenido de la forma y de la razón de la adoración.

 

En esta jubilosa aclamación del Nombre de Dios se contestan las preguntas fundamentales:

  • ¿qué es la adoración genuina a Dios?
  • ¿Cómo debe ser? y
  • ¿por qué debemos adorar a Dios?

 

Bosquejo sugerido:

El salmo se divide en dos secciones naturales, en los vrs. 1-7 se hace una invitación a alabar jubilosamente a Dios, y a adorarlo con contrición, asombro y reverencia.

En los vrs. 8-11 se hace al pueblo una exhortación profética  a obedecer a Dio en la vida diaria con  el mismo júbilo y fervor con el que se le alaba y se le adora en el templo.

En mi opinión, la exhortación profética de los vrs, 8-11 (que habla de la vida de obediencia que debe caracterizar al pueblo) es la base para la expresión litúrgica de la alabanza y adoración a Dios que presentan los vrs. 1-7. Debido a esta razón, enfocaremos los vrs.8-11 primero, y al último, los vrs. 1-7.

 

 

El fundamento de la alabanza y adoración es la entrega del corazón a Dios

 (vrs. 8-11)

 

  • Los vrs. 8-11 contienen la exhortación que constituye el punto de partida de la adoración genuina a Dios. Esta es la exhortación para no endurecer el corazón en desobediencia como el pueblo lo había hecho en Meriba o Masah (Nm. 20:1-13), Allá en Meriba el pueblo tentó a Dios al cuestionar su presencia en medio de ellos: “...está Dios con nosotros, o no.…”. La exhortación es a humillar el corazón, y a caminar en obediencia a Dios con el mismo fervor con el que se le canta en el templo.

 

  • La entrega del ser a Dios se torna en obediencia de corazón a nivel de actitudes. Es la inclinación del corazón para obedecer a Dios.

 

  • Como se trata de la entrega del ser a Dios, sólo una persona genuinamente reconciliada con Dios por medio de Jesucristo puede adorar a Dios. Así, la esencia de la adoración a Dios es el reconocimiento de que Él solo es Dios, Creador y sustentador de todo cuanto existe, y que por tanto, Él solo puede salvar y dar vida eterna. Y entonces, adoración es el sometimiento de la vida a ese reconocimiento.

 

 

 

 

Adoración y alabanza es también liturgia que expresa la entrega del corazón a Dios

 (vrs. 1-7)

 

  • En los vrs. 1-5 la alabanza a Dios debe ser actitud de reconocimiento de las maravillas de Dios [sólo Él es Dios (v.3), sólo El salva (v. 1), sólo Él tiene control sobre la vida y la muerte (profundidades de la tierra y alturas de los montes, v.4), y sólo Él es creador del universo (v.5)] que se convierte en acción de gracias que a su vez se expresa litúrgicamente en aclamación alegre, en cantos jubilosos, en alabanza ruidosa, gozosa y fervorosa. La alabanza casi siempre usa el canto y la música para expresarse interiormente o litúrgicamente.

 

  • En los vrs. 6-7 la adoración y alabanza es actitud de quebrantamiento, humillación y postración en la presencia de Dios al reconocer la pecaminosidad humana y la indescriptible santidad y grandeza de Dios quien por su gracia hace posible que siendo humanos pecadores nos podamos acercar para ser el pueblo de Dios y para que Él sea nuestro Dios y nuestro Pastor, el quebrantamiento que este reconocimiento causa se expresa litúrgicamente por las posturas de humillación y postración del cuerpo (como arrodillarse, inclinarse, tirarse sobre el suelo, etc.). Es decir, la adoración es asombro y reverencia con quebrantamiento de espíritu frente a la grandeza de la gloria de la gracia de Dios. Y esto se expresa litúrgicamente con postración del cuerpo.

 

La adoración y alabanza es acción de gracias,

jamás un medio sacramental para recibir gracia

 

  • Adoramos a Dios por el simple hecho de que ya es Dios, no para que se convierta en Dios (v, 3 de manera especial, pero los vrs. 1 -5 enfatizan este hecho). Esto quiere decir que Dios no tiene necesidad esencial de que lo adoremos. Él es Dios, lo adoremos o le dejemos de adorar. No le hacemos un favor con adorarlo. Nosotros somos los que necesitamos adorar a Dios para poder vivir.

 

  • Adoramos a Dios por sus grandes bendiciones ya recibidas, y jamás para  que nos bendiga. Este glorioso principio está sostenido por la conjunción “porque” que aparece en los (vrs. 3, 4 y 7). Notemos que la invitación es a adorar a Dios “porque”, y no “para”. En ninguna parte de las Escrituras encontramos que a Dios se le adora “para

 

  • Adoramos a Dios porque ya le debemos nuestra adoración y alabanza, jamás para causar saldo a nuestro favor. Dios jamás podrá llegar a  debernos algo. Nosotros sí permanecemos en deuda con Él, y esa es la razón de que nuestra adoración sea siempre algo que le debemos y que con gozo, fervor, entusiasmo y ruidosamente necesitamos (nosotros sí necesitamos) entregarle.

 

 

Conclusión