La Raíz de nuestro Comportamiento

La Raíz de nuestro Comportamiento



La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. 

Colosenses 3:16

Hace tiempo hice la promesa solemne de dejar de obsesionarme con los mensajes y correos electrónicos. Decidí que cada vez que escuchara la notificación de un mensaje nuevo, no sentiría la urgencia de revisarlo de inmediato. Y cuando lo hiciera, no leería una y otra vez lo que la otra persona escribió, ni reescribiría una y otra vez mi respuesta. Mi resolución digital se mantuvo por... bueno, honestamente, creo que nunca dejé de obsesionarme con los mensajes y correos electrónicos. No es solo que mi promesa no duró, ¡sino que ni siquiera empecé!

El problema de cómo enfrentamos nuestros problemas es que vamos tras el problema. Nos enfocamos únicamente en el comportamiento, comprometiéndonos a iniciar o dejar de hacer algo. 

Tu también has hecho esto, ¿cierto? Has decidido, quizá declarado, que vas a cambiar. 

  • ¡Este año voy a comer saludable y haré ejercicio todos los días!
  • Voy a dejar de salir con personas que son malas conmigo. De hecho, ¡no voy a salir con nadie!
  • Estoy cansado de perder mi tiempo en las redes sociales y comparar mi vida con la de otros. ¡Lo dejaré de verdad!
  • ¡Suficiente! Esta es la última vez. ¡No veré pornografía de nuevo!
  • No voy a exagerar, mentir o chismear para llamar la atención o sentirme mejor. ¡No mas!
  • ¡Voy a leer la biblia todas las mañanas este año!

Cualquiera que haya sido tu promesa, ¿cómo te fue?

Yo diría que no muy bien. ¿Por qué? Modificar el comportamiento no funciona si solo nos enfocamos en modificarlo. No llegar a la raíz del problema, es decir, al pensamiento que produce el comportamiento. Para ser más específico, el problema radica en la ruta neural que conduce al comportamiento. 

Imaginemos que odias un árbol feo de tu patio y quieres deshacerte de él. Por fin, decides hacerte cargo del problema. Así que, vas al patio con un hacha, tomas una rama fea y la cortas. Sonríes y regresas al interior de tu casa cantando triunfalmente un popurrí de “Todo lo que hago es ganar” y “otro más que muerde el polvo”. Al siguiente día, te sorprendes al ver que el árbol aún está allí fuerte. Mientras lo miras por la ventana, casi puedes jurar que sonríe burlonamente. 

Lo sé, la analogía es absurda. Nunca intentarías matar un árbol con solo quitar una rama, pues esta, obviamente, no es el problema. El problema es el árbol. De hecho, las raíces son las culpables. Si no las remueves cuando cortes el árbol, puede volver a crecer. 

Bueno, si decidimos, “voy a dejar de gritarles a mis hijos, o voy a dejar de aislarme y vivir solitariamente, o voy a hacer ejercicio todos los días”, solo estamos cortando una rama. Ignoramos el verdadero problema de la mentira que hemos creído y del bache mental en que hemos caído. Atacamos solo los síntomas y no la fuente. 

Pensar que podemos cambiar un comportamiento con solo removerlo es absurdo.  El comportamiento no es el problema, sino la ruta neural que me lleva a actuar así. Si solo renuncio a un comportamiento, este puede regresar; a menos que:

Elimine la mentira desde la raíz, y  Reemplace la ruta neural que me lleva a este comportamiento.  ¿Dónde obtendremos estos nuevos pensamientos? Pista: no es en redes sociales, escuchando nuestra música favorita, o llamando a un amigo para pedir su opinión. 

Para detener las mentiras y reemplazarlas con verdad, debemos mirar a la Palabra de Dios. 

Eso es lo que hizo Jesús. Cuando Satanás lo tentó, Jesús no sacó su IPhone y abrió la Biblia app de YouVersion para buscar el versículo que le podría ayudar. Él ya había interiorizado las verdades de la Palabra de Dios que crearon una ruta neural útil. Jesús siguió ese camino cuando fue tentado, el cual lo llevó a obediencia y libertad. 

Eso es lo que necesitamos saber. 

Lecturas complementarias para la semana: 

Mateo 4:4

Salmo 119:105

Salmo 119:11

2ª Timoteo 3:16-17