Deja que los ríos fluyan

Deja que los ríos fluyan



En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mi y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.” Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Juan 7: 37-39

Mientras leía y estudiaba la Escritura recientemente, me di cuenta de un hecho muy interesante respecto al Río Jordán que fluye a través de la nación de Israel. El Río Jordán se conecta con dos cuerpos de agua; en el extremo norte con el Mar de Galilea, y en el extremo sur desemboca con el Mar Muerto. 

Puesto que el treintaicinco por ciento del agua del Mar Muerto se compone de sales minerales disueltas, no hay peces ni ninguna otra especie de vida marina normal en este cuerpo de agua ya que es mortal para casi todas las criaturas vivientes; por ello, este cuerpo de agua es solo compatible para ciertas especies de bacterias y algas que se han adaptado a este rudo ambiente. 

Las costas del Mar Muerto se caracterizan y se recubren con sales cristalizadas. Y aunque la sal tiene cualidades que resultan benéficas para nosotros, el punto principal a recordar es que la vida no es sostenible en este ambiente porque no hay ninguna reserva que permita que fluya agua de vida en el

Mientras leo esto pienso acerca de nuestras vidas como creyentes, y como cada uno de nosotros nos caracterizamos con alguno de los cuerpos de agua que hemos descrito. ¿Recibimos la Palabra de Dios y permitimos que el poder de Dios, que da vida, y que fluye por medio del Espíritu Santo, fluya a través de nosotros?  ¿O somos como el Mar Muerto, que retiene cualquier cantidad de agua pero que nunca es capaz de producir, o hacer fluir, nada que exprese la vida verdadera de Dios

Como creyentes en Cristo, hemos sido llamados a dispensar, y suministrar, la Bendición que hemos recibido gratuitamente (Mateo 10:8)

En otras palabras, los dones, talentos, o los recursos con los que Dios nos ha bendecido no fueron diseñados para amontonarse y acumularse solo para nosotros mismos; Sino que existen para ser usados, compartidos, y liberados para bendecir a otros para que también ellos se conviertan en beneficiarios de esta nueva vida que fluye. Despojarnos y dar es la clave. 

Jesús dijo, “¡Todo el que crea en mí puede venir y beber! Pues las Escrituras declaran: De su corazón brotaran ríos de agua viva.” (Juan 7:38 NTV) 

Cuando soltamos, nos despojamos, de lo que tenemos, Dios continúa supliendo más, y haciendo brotar más y más hacia nuestro corazón. (Lucas 6:38) 

Recuerda, nuestra fe debe estar en movimiento, viva, y activa; de otra manera está muerta y sin nada útil para nadie (Santiago 2:26). Así que, no te estanques; mientras recibes de Dios, permite que el poder dador de vida de Dios fluya de ti cada día. 

Puntos sugeridos para orar:

Adoremos a Jesús reconociendo que el es el agua viva que puede saciar a toda la humanidad. 

Pidamos a Dios que nos haga una iglesia con corazones generosos, que se despojen, que suelten, y que se den a si mismos para bendecir a todo el que nos rodea, porque así descubriremos la bendición de recibir más y más de parte de Dios. 

Pidamos que el Poder del Espíritu Santo haga fluir de nuestros corazones una fe activa, y no pasiva, cada día que nos levantamos.