LA IGLESIA QUE VERÁ AL SEÑOR

LA IGLESIA QUE VERÁ AL SEÑOR



DEVOCIONAL 20

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua pura por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.”

Efesios 5:25-27

 

“Porque nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.”

Efesios 5:29-30

 

El mismo Cristo qué vino al mundo con la estrella de Belén alumbrando el cielo, es el mismo que vendrá por segunda vez; Abriendo los cielos, enrollándolos como una cortina, alumbrará una vez más el mundo con su resplandor, y descenderá para tomar a su Iglesia, y levantarla junto con Él, para presentarla a sí mismo como esa Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga. Entonces la Iglesia le adorará en hermosura y en plenitud por toda la eternidad.

Ese día está mucho mas cerca que cuando creímos. Las señales de los tiempos que estamos viviendo, anticipadas por Cristo en su palabra, nos revelan que, aunque nadie sabe la hora ni el día con precisión, Cristo viene pronto por la Iglesia.

 

Aunque muy difíciles, estos tiempos son “tiempos de gracia”, en los que Jesús está llamando a la puerta de nuestra comunidad con un firme y extraordinario propósito: Sustentarnos y Cuidarnos. Su llamado no es para juicio, ni para destrucción, aún. Su voz nos llama para sustentarnos y cuidarnos como su Iglesia, porque Dios sabe que pronto nos presentará delante de su gloria como una Iglesia santa, sin mancha ni arruga, para Jesús, el Cordero de Gloria.

 

En estos tiempos tan difíciles necesitamos orar para permanecer como una iglesia unida, bien cohesionada en Cristo, para no estar dispersos como ovejas sin rebaño o sin pastor. Y para ello, Dios espera una respuesta noble de nuestra parte, como la esposa de Cristo que somos.

¿Cómo le gustaría a un buen esposo que su esposa le respondiera ante la buena intención de cuidarla y sustentarla?

Necesitamos ser una iglesia dócil, de corazón sincero, humilde, y agradecido, que se deje ser amada, cuidada, y sustentada por Cristo. Todo el sustento y cuidado que necesitamos proviene de Cristo, y debemos confiar en que Él cumplirá esta promesa. 

 

Permitir que Jesús nos cuide y nos sustente significa entregarnos voluntariamente a su amor, para que Él nos santifique y nos purifique todos los días con la eficacia y el poder de su sacrificio. En la cruz, Jesús venció con toda autoridad al pecado y a la muerte, para purificar a su Iglesia hasta el día de su regresó, y así lo hará.

 

Jesús es fiel en perdonarnos y limpiarnos por una sencilla razón: “Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.” Y Cristo nos ama como parte de su propia carne, pero si despreciamos, o tenemos en poco ese gran amor, entonces no seremos parte de la Iglesia que estará con el Señor por la eternidad.

 

1ª de Corintios 6:19 nos dice: “¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios.”

El poder del Espíritu Santo está listo para limpiarnos de toda rebelión y de toda iniquidad por el gran amor que Cristo nos tiene, pero debe existir una correspondencia, de parte de la Iglesia, ante el precioso amor de nuestro Salvador que nos llama para santificarnos y purificarnos cada día. Cuando nos reunimos como Iglesia (aunque sea a distancia), debemos hacerlo con la voluntad bien dispuesta para honrar con nuestros cuerpos, y con toda nuestra vida al Señor, porque le pertenecemos a Él, y no a nosotros mismos.

 

En Apocalipsis 7:9-17 el Señor mismo describe a la Iglesia que se presentará sin mancha ni arruga delante del Cordero; es una gran multitud de todas las naciones, pueblos, tribus, y lenguas, y la describe así: “Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.”

 

Amados hermanos, el regreso de Cristo está cerca. No sabemos cuántas generaciones más puedan transcurrir, pero si sabemos que necesitamos unirnos como Iglesia para corresponder al gran amor que Cristo nos tiene, y entregarnos voluntariamente para ser purificados y santificados por su sangre cada día, para que Jesús nos cuide con todo su poder.