IMITANDO AL PADRE

IMITANDO AL PADRE



DEVOCIONAL 15

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”

Efesios 5: 1-2

 

“¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras.”

Juan 14: 10 (NVI)

 

¿Alguna vez has notado como se asocia la convivencia con la imitación? Entre más tiempo pasamos con ciertas personas, más rasgos, hábitos, palabras, o gestos, son los que comenzamos a adquirir o a imitar de dichas personas. Aún inconscientemente llegamos a hacer los mismos gestos que aquellas personas que más apreciamos; utilizamos sus mismas palabras, nos sentamos igual, nos paramos igual, etc. Pero esto ocurre con mucha mayor frecuencia con las personas que mas amamos o admiramos. Sucede mucho con nuestra familia, por ejemplo.  

Yo recuerdo que cuando era adolescente observaba ciertas formas en las que mi papa se sentaba en cualquier asiento para esperar ante determinadas circunstancias. Él cruza la pierna en una manera muy peculiar que a mí en lo personal no me gustaba tanto, se me hacía incomodo o raro, pero ¿adivina que? Con el paso de los años descubrí que, aún inconscientemente, yo cruzo la pierna exactamente igual a él. Lo mismo me pasa con la forma en la que mi mama permanece parada para esperar algo con los brazos cruzados, y así sucede con muchos rasgos de mi persona y mi carácter. Y nadie es la excepción en este tema. Todos imitamos inconscientemente a aquellas personas con las que mas convivimos o a las que mas apreciamos.

 

Esto es muy relevante para el carácter de todo cristiano. De hecho, el apóstol Pablo se refiere a lo que “debemos ser”, y a la forma en la que “debemos andar”, imitando a Dios, nuestro Padre, como sus hijos amados. Ser y andar es igual a imitar a Dios.

“Ser y andar” son dos verbos que nunca debemos olvidar, porque ser discípulo de Jesús debe ser un estilo de vida, una esencia que se lleva en el corazón todos los días, y no solamente en el cumplir con asistir a la iglesia o a las reuniones virtuales. Ser y andar como hijos amados de Dios se trata de corresponder al amor de Dios, entregándole nuestra vida sin condiciones ni negociaciones, y no solamente “cumplir” con Dios para obtener su favor o su misericordia cuando lo necesitamos.

 

Para ser imitadores de Dios se requiere una simple tarea: Contemplar a Dios. La imitación viene como resultado de contemplar, observar, pasar tiempo con nuestro Padre celestial. Y el llamado para lo que debemos de ser como cristianos es justamente eso, imitadores del Padre, como los hijos amados que somos por medio de Cristo Jesús. Tu y yo hemos sido creados para imitar a Dios.

 

Para andar en amor, como Cristo nos amó, se requiere de otra sencilla tarea: Sacrificarse y entregarse por los demás. Andar en amor viene como resultado de disponer el corazón, la mente, y el cuerpo, para entregarse y sacrificarse para el bienestar o beneficio de otros. Eso es andar en amor. Mas allá de las palabras, las oraciones, o las canciones, hemos sido llamados a entregar con alegría nuestro tiempo, nuestros recursos, y nuestras fuerzas, en beneficio de aquellas personas que decimos que amamos. También necesitamos vivir dispuestos a “ser interrumpidos”, porque para andar en amor muchas veces seremos interrumpidos de nuestras labores para servir y entregarnos en favor de los que amamos, y Dios nos llama a hacerlo con gozo, con gusto, sabiendo que hay mucha mayor bendición en dar que en recibir. Sabiendo que bendiciendo a los demás es como Dios nos bendecirá y tendrá cuidado de nosotros. 

 

Todas las cosas que Jesús hizo en esta tierra no nacieron de su propia iniciativa o de su propia personalidad, sino que él mismo, en muchas ocasiones, dijo que las palabras que él hablaba, y las cosas que hacía, eran las palabras y las actitudes que su Padre celestial tenía. Es más, él siempre dijo que Dios y Él eran uno mismo. Jesús, en esta tierra, fue un perfecto imitador de su Padre, y anduvo en un amor que demostró con hechos más allá de las palabras. ¿Por qué fue tan buen imitador del Padre? Porque pasaba mucho tiempo a solas con Dios; se apartaba para orar todos los días; ayunaba para ser lleno de la presencia del Padre; y estaba enfocado en obedecer y en cumplir lo que a su Padre le agradaba, y no en complacerse a él mismo.

 

La vida de Jesús fue como un aroma agradable delante de Dios. Su verdadera búsqueda de imitar a Dios produjo que su vida fuera recibida por el Padre como una ofrenda de “olor fragante”, muy agradable, que debe servirnos como inspiración, como ejemplo, y como fundamento de lo que somos que cristianos.  

Si lo que deseamos es ser agradables delante de Dios necesitamos convivir con nuestro Padre celestial todos los días, para poder imitar la forma de ser y de amar de Dios; En esto hay grande recompensa y galardón. Recuerda: “Ser imitadores, y andar en amor”, antes de vivir para complacernos a nosotros mismos.