LOS DONES DE CRISTO



DEVOCIONAL 13

“No obstante, él (Dios) nos ha dado a cada uno de nosotros un don especial mediante la generosidad de Cristo. Por eso las escrituras dicen: Cuando ascendió a las alturas se llevó a una multitud de cautivos y dio dones a su pueblo… Ahora bien, Cristo dio los siguientes dones a la iglesia: los apóstoles, los profetas, los evangelistas, los pastores y maestros. Ellos tienen la responsabilidad de preparar al pueblo de Dios para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique a la iglesia, es decir, al cuerpo de Cristo. Este proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.”

Efesios 4: 7-8 y 11-13 (NTV)

 

Conocer a Cristo es un privilegio indescriptible. Es un privilegio, en primer lugar, porque Jesús llega a nuestro corazón para restaurar y recuperar nuestra integridad como personas. Antes de conocer a Cristo, todos estuvimos en diversas circunstancias que nos habían dejado quebrantados en la vida, rotos, como una rama seca que se rompió y se secó; pero el amor, y el perdón de Jesús volvió a unir esa rama rota, la sanó para restaurar su dignidad, su integridad, y para que volviera a dar fruto.

En segundo lugar, es un privilegio porque la bondad de Cristo nos da un propósito nuevo como personas nuevas, nos da una función, y nos da una familia nueva para crecer espiritualmente. Una familia en la que unidos alcancemos la plenitud de Cristo mientras nos arraigamos más y más en su amor y en la fe. Esa familia es la iglesia local a la que pertenecemos.

 

A todo este asombroso proceso de restauración, el apóstol Pablo le llama: Perfeccionamiento, o Edificación. La gloriosa historia de la Iglesia cristiana tiene millones de rostros, millones de historias como la tuya y la mía, que han sido parte de una historia mayor, mas grande que cualquier historia individual. Esta es la historia de Dios perfeccionando y edificando a la humanidad a través de los siglos, dentro del cuerpo de Cristo, la iglesia. Y somos privilegiados de poder participar en la extraordinaria historia de Dios para toda la humanidad.

 

Algo crucial que necesitamos entender es que todos somos parte activa de la gran historia de Dios contada a lo largo de muchos siglos, y que la gran obra de Dios, el ministerio, no es solamente la responsabilidad de los líderes de la iglesia, sino que Jesús nos ha restaurado, a ti y a mí, con el fin de que todos participemos con gozo en la edificación y en el perfeccionamiento de más hermanos, de más historias, y de más generaciones.

 

Existe una herramienta preciosa que Cristo nos dio para que podamos participar activamente en la edificación de la iglesia. Esta herramienta necesita desarrollarse, crecer en tus manos, para que juntos podamos dejar un camino sano hacia la plenitud de Cristo para las generaciones que vienen detrás de nosotros. Esta herramienta se llama: Los Dones de Cristo. Y en forma breve, general, y práctica, esto es lo que necesitamos entender de los dones de Cristo:

 

  • Todos los creyentes tenemos un don especial. Aunque el texto menciona específicamente el don para ser apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, esto no significa que esos sean los únicos dones que Cristo diseñó. De hecho, en el texto dice que estos ministerios sirven para “edificar” al resto de la iglesia, para que “toda la iglesia”, es decir, todos los creyentes, lleven a cabo la obra de Dios. En otras palabras, la responsabilidad de “edificar”, es para toda la iglesia. Por eso puedes estar seguro de que Dios ha puesto un don especial en ti, que nadie más tiene, para que ayudes en la obra de Dios. Tal vez Jesús si te ha dado el don para ser profeta, evangelista, pastor o maestro; pero tal vez te ha dado un rasgo especial de carácter que puede reflejar el amor de Cristo como nadie más puede hacerlo. Tal vez sea el don de hacer amigos con facilidad, tal vez sea el don de organizar eventos, tal vez sea el don de ser paciente con los niños, tal vez sea el don de ser generoso con lo más necesitados, tal vez es el don de adorar a Dios a través de una canción, tal vez es el don de servir y ayudar a otros, etc. Existen cientos de rasgos de carácter que Jesús ha puesto en medio de su pueblo, y si dispones tu corazón en humildad para ser alguien útil en la iglesia seguramente Dios te guiará para que descubras ese don, y lo perfecciones.

 

  • Todos los dones representan una gran responsabilidad delante de Dios. Cualquier don que Cristo nos haya dado, llegará el momento en el que tendremos que darle cuentas a Dios de lo que hicimos, o no hicimos, con ese don. Jesús nos contó una parábola muy ilustrativa en este aspecto, te animo a leerla completa en Mateo 25:14-30.

 

  • Todos los dones que hemos recibido han sido gracias a la generosidad de Cristo. Sea cual sea el don que Cristo te dio, nunca olvides que fue solamente por su bondad y por su generosidad. Él fue el que descendió para sacrificarse en santidad, para vencer y llevar cautiva a la cautividad. Él fue quien compró nuestra libertad, y él fue el que repartió los dones como él quiso. Nunca te jactes delante de ninguna persona por el talento que Dios ha puesto en ti. Nunca hagas alarde de tus habilidades o tus talentos, simplemente edifica a la iglesia, lo mejor que puedas hacerlo. Recuerda que la historia no se centra en ti o en mi, sino que es la historia de Dios, y somos invitados, privilegiados de participar en ella.

 

  • Cualquier don es efectivo únicamente a través de la unidad. Nunca maduraremos en la edificación de la iglesia mientras existan resentimientos en nuestro corazón. Los talentos solo florecen en un ambiente de unidad, de perdón, y de amor y preocupación sincera por las personas de la iglesia. Jesús nos enseñó que si no perdonamos a los demás sus ofensas tampoco el Padre celestial nos perdonará a nosotros las nuestras (Mateo 6:14-15). Perdonar muchas veces implica simplemente “pasar por alto”, o “no tomar en cuenta” las ofensas que los demás nos hacen. Es considerar a los que nos ofenden con la misma misericordia y paciencia con la que Jesús nos ha tratado a nosotros.

 

Los dones que Cristo ha puesto en cada uno de nosotros son necesarios para que alcancemos la unidad que la iglesia debe tener para poder crecer y madurar en la fe y en el conocimiento de Jesús. Recordemos que es un privilegio formar parte de la historia global de Dios, para la edificación y la restauración de nuestras generaciones.