UN LLAMADO A LA UNIDAD

UN LLAMADO A LA UNIDAD



DEVOCIONAL 12

“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”

Efesios 4: 1-3

 

“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tu me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”

Juan 17: 22-23

 

Hay una labor esencial a la cuál Dios nos ha llamado. Esta labor exige nuestro mejor esfuerzo, nuestra pronta atención, y mucha dedicación de parte de cada creyente que forma parte del cuerpo de Cristo. Sin cumplir con esta labor, la vida del cristiano, y la iglesia, no tendrían razón de ser. Esta labor tan crucial para la iglesia es: guardar la unidad.

 

La unidad es un regalo de Jesús para todos los que creen en él. La oración de Cristo por la unidad en cada creyente fue eficaz y se cumplió. El Espíritu Santo vino y unió nuestros corazones bajo un mismo nombre, un mismo sacrificio, un mismo perdón, un mismo bautismo, una misma esperanza, y un mismo futuro glorioso y eterno con Dios. Todo en una misma comunidad, que es la iglesia.

El regalo de la unidad ya está dado, nuestra labor simplemente es conservarla, mantenerla, y cuidarla celosamente. Por lo tanto, no es necesario crear nuevas ideas o motivos para la unidad. Dios nos llama para “guardar” esa unidad; protegerla en nuestro corazón. Por eso el texto dice “guarden la unidad del Espíritu”, porque la unidad proviene de él, no de nuestras buenas intenciones o de nuestras buenas ideas.

 

Guardar la unidad requiere de ciertas cualidades y virtudes que Dios ha puesto a nuestro alcance por medio de su presencia. Dios quiere que te esfuerces, que pelees, por conservar la unidad, porque solo la unidad te abrirá la puerta para experimentar el amor de Dios en tu familia, en tu carácter, y en todo lo que haces. Cuidar la unidad también requiere del esfuerzo personal de cada creyente para llevar una vida íntegra y digna delante del Señor.

Solamente la unidad abre las puertas para que la iglesia sea efectiva en todo lo que planea.

 

¿Qué virtudes necesitamos cultivar con el fin de guardar la unidad en Cristo?

 

En primer lugar, necesitamos ser creyentes auténticamente “mansos y humildes”. Jesús dijo una vez a sus discípulos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma.” (Paráfrasis de Mateo 11: 25). Como diría un comentarista bíblico, necesitamos convivir con todos los creyentes en una “mansa humildad”.

La verdadera humildad es considerar a los demás creyentes en más alta estima que a nosotros mismos. 1ª de Corintios 10:24 dice que “ninguno busque su propio bien, sino el del otro”. La mansa humildad se trata de saber apreciar, distinguir, y reconocer las virtudes, y los dones, que el Espíritu de Dios ha puesto en los demás hermanos. Es valorar de corazón a cada hermano. La mansa humildad producirá en tu vida el “descanso para el alma”. 

 

También es necesario que desarrollemos una “paciencia amorosa” para soportarnos mutuamente. Es más que una simple paciencia en la que aguantamos hasta el punto límite para no explotar; Esa no es la paciencia en la que Dios quiere formarnos. Cristo nos llama hacia una paciencia amorosa. Es decir, necesitamos edificar un carácter paciente basado en las virtudes del amor que nos enseña la Palabra de Dios. 1ª Corintios 13:4 nos dice que “el amor es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón ni orgulloso ni ofensivo. No exige que las cosas de hagan a su manera. No se irrita ni lleva un registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.”

Soportar no significa resignarse o “aguantarse” como si ya no tuviéramos otra opción, sino que se trata de servir de apoyo, de soporte, para edificar la vida del otro con amor. Se trata de ser pilares para el prójimo.

 

El consejo del apóstol Pablo es que “andemos” en una manera digna. Andar representa un estilo de vida que va más allá de nuestras reuniones dominicales. Andar es demostrar las virtudes de un carácter manso, humilde, y pacientemente amoroso, como el del Señor Jesús, en todas las áreas de nuestra vida, todos los días de la semana, comenzando por nuestra propia familia, y siguiendo con todos los miembros de la iglesia. Ser íntegro significa “ser de una sola pieza”, una misma forma de ser en la iglesia, y fuera de ella. Ser íntegro es luchar por conservar la unidad que Jesús nos dio.

 

Necesitamos reflejar a Jesús por medio de una iglesia unida en amor. Busquemos fervientemente en oración, cada día, que Dios transforme nuestro carácter en creyentes genuinamente mansos, humildes, pacientes en amor, e íntegros, para que así podamos reflejar la gloria y el amor de Cristo.  Todo esto llenará nuestra alma de paz y descanso en el Señor.