Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y haz cesar tu ira de sobre nosotros…¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti? Muéstranos, oh Jehová, tu misericordia, y danos tu salvación. Escucharé lo que hablará Jehová Dios; Porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura. (Salmo 85: 4, 6-8)
Oh Jehová, he oído tu palabra, y temí. Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, en medio de los tiempos hazla conocer; en la ira acuérdate de la misericordia. (Habacuc 3: 2)
El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. (Apocalipsis 2:6)
Vuelva a leer detenidamente estos versículos. Observe la idea central que comparten estos tres pasajes: La Necesidad de Oír a Dios. También perciba el sentir de clamor y reverencia que expresan los autores, así como la expectativa por la respuesta de Dios.
Para servir a Dios es crucial presentar este tipo de oraciones, porque servir y adorar no comienzan con cantar, ni con tocar un instrumento, ni con realizar físicamente algún servicio. Servir y adorar comienzan con oír y ver a Dios.
La terrible consecuencia de solamente hacer y hacer, sin oír y sin ver a Dios, se refleja en las expresiones del Salmista. El pueblo de Israel acababa de volver a Jerusalén después de un largo cautiverio en Babilonia. Justamente habían caído cautivos por causa de sus pecados, pero la raíz de sus pecados fue que por largo tiempo llevaron a cabo actos de adoración vacíos y huecos, porque no dispusieron sus corazones para oír lo que Dios estaba hablando, y lo que Él demandaba de ellos. No buscaron su presencia de todo corazón, ni se humillaron, ni se arrepintieron, pero aún así seguían sirviendo y adorando a su manera. Ahora, al regresar del cautiverio el salmista clamó sinceramente para que Dios restaurara la vida espiritual, la paz y el gozo que habían perdido. Así es como comprendemos que la consecuencia de servir y adorar sin oír lo que Dios pide es la falta de vitalidad espiritual en el servicio, la falta de gozo, y la ausencia de paz.
Una expresión sorprendente es cuando el salmista dice que Dios “hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura.” Aquí la palabra “locura” no se refiere a una discapacidad mental, sino más bien a la insensatez moral, a actuar con maldad, o en este caso, servir a Dios sin una consciencia de quién es Él, y lo que Él espera que se haga. Cuando los siervos de Dios practican una vida inmoral, actúan con maldad, o incluso cuando se presentan a adorar sin la consciencia clara de quién es Dios y lo que Él pide, están actuando con locura.
La solución que ofrece la Palabra Dios es clamar sinceramente al Señor por su misericordia. El salmista y Habacuc pidieron a Dios que apartara su ira, y que les mostrara su misericordia. La ira de Dios no es una reacción colérica, sino la respuesta santa y justa de Dios ante la maldad humana, por eso necesitamos clamar por misericordia y restauración. La misericordia ha sido derramada sobre nosotros a través de la obra de Cristo, pero clamar por ella es necesario, pues el clamor es el reconocimiento y el despertar de la consciencia humana ante la santidad de Dios. Este clamor es el camino para que la consciencia despierte ante la voz y a la presencia de Dios.
Oír a Dios debe buscarse con fe, leyendo la Palabra, orando constantemente, cantando alabanza a Dios, participando de la enseñanza bíblica. Nuestras necesidades más profundas deben canalizarse hacia esta búsqueda, porque oír la voz de Dios causa que los siervos escuchen y vean a Dios, entonces le temen con honra y reverencia, se arrepienten, reciben el don del perdón y el amor de Cristo, y vuelven a ser útiles para Dios. Entonces el servicio y la adoración producen vida, gozo y paz en el pueblo de Dios.
Como iglesia necesitamos ser restaurados para volver a escuchar la voz de Dios y servir con mayor consciencia de su voluntad para cada momento, pero sobre todo, de su carácter Santo. Cuando los siervos de Dios son restaurados escuchan y entienden lo que Dios les está hablando; entonces temen a Dios, es decir, lo honran con reverencia, se arrepienten, experimentan su perdón y amor, y entonces encuentran vida, gozo y paz por medio del servicio y la adoración.
Finalmente, Jesús dijo en Apocalipsis: "el que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias". De manera que hoy, el que sirve y adora a Dios puede pedirle también: "Padre, dame oídos que escuchen la voz de tu Espíritu. Destapa mis oídos a tu voz, y alumbra los ojos de mi corazón para que te vea, porque necesito hacer lo que tu quieres que haga".
Es tiempo de orar como lo hicieron Habacuc y el Salmista, para encontrar restauración:
“Señor, restáuranos. Manifiesta tu misericordia sobre nosotros, y perdónanos. Danos oídos para oírte; para entender quién eres tú, y lo que pides de mí. Ayúdame a volver a experimentar vida, gozo y paz al adorarte y servirte. Haz que veamos tu gloria a través de lo que nuestro Salvador Jesucristo hizo por nosotros. Y guíanos en tu justicia. Amén”
Toma unos minutos para hacer esta oración en forma personal. Hazla por ti, por tu familia, y por la iglesia. También Puedes leer completo el Salmo 85.
